Un tributo al rock de siempre,
al esencial, al germen.
Un himno de la tierra andina, de sus ritmos y de sus voces.
Fragua un amasijo de tiempos en el instante de una canción,
con quipas, cuernos y guitarras;
con diablohumas y distorsión, con almas de bombo y piel de metal.
Fragua un nuevo tiempo.
Cinco meses después, los diapasones en ristre, Fragua volvió al escenario de LA ESTACIÓN para cerrar la etapa primera de siembra. Se ha torcido la espalda para regar la simiente, y con cinco meses, la casa ya habla sola y Fragua un nuevo tiempo.
Entre los pasos del bombo y el brillo de las cuerdas, el Sebas (Salvador) hizo que la voz fresca se colara por entre los intersticios de las paredes y así arrebató de todos su atención, virando pescuezos, pisando con sus disonantes las cuerdas. Recital, en todo el más fiel sentido, la noche de Fragua, el sábado 24, fue memorable por la sobria ejecución instrumental, por la carencia de pretensiones, por lo disímiles que son esos seres subidos al escenario, cosa que le da al resultado de su música un aire de alquimia.
Están ahí los tintineos del charango rabioso, irrumpiendo en su incesante pugna por huir de la exclusión y empuñar la posibilidad de aventar su grito histórico, en medio de un esquema que lo rechazaba, haciéndose dueño; está el bombo enfranelado, su pelaje de páramo agitado con los golpes, resisitiéndolos. Con ellos conviven atisbos del rock más crudo que se haya engendrado por estas latitudes, todos estos conforman un ajuar de trajecitos que visten a una agrupación cuya fortaleza parece fundamentarse en la identidad.
Por sus letras pasaron nuestros personajes, nuestras luchas, nuestros colores... Diablohumas, pintores y arrabaleros caminantes. Al borde de lo panfletario, salvándose tan solo por el equilibrio sobre la cornisa, el Sebas puso de manifiesto la posición estética del grupo, enfrentó a la realidad de la explotación de minas de material de construcción, al norte de Quito, y dio nombres, y puso así sus líricas a disposición de nuevas luchas, demostrando que la música aún es, como siempre, voz en cuello para contrarrestar, no solo para entretener; arma para guerrear, no solo para proferir improperios cómodos; himno místico que reúne tiempos. Si se hubiese hecho silencio, hasta se habrían oído las quipas aullando su irrenunciable llamada. Fragua es la posibilidad de moldear el tiempo y los ritmos vitales.
Luego de estos cinco meses, la casa de LA ESTACIÓN ya habla y dice que es nuestra. Tras estos cinco meses de echar a la tierra los empequeñecidos dioses, Fragua también despega. A ver si este llamado llega a ser canto de otros y retumba por fin donde hace aún falta. Por acá, ya empieza a ocurrir.