20081114

De nubes y ventanas

Las luces de La Estación cobran mayor protagonismo cuando la noche ha entintado el cielo quiteño. Más todavía cuando ese cielo se vuelve una sospecha detrás de la tolvanera de neblina que anoche se acostó sobre las calles y veredas de la ciudad. ¿Neblina? Eran más bien las nubes. Les nuages.

La casa vieja resucitada, la provisional luz que pinta el verde del patio, los seres y sus sedes colmando los espacios por dentro, acercándose al alma del fruto, aproximándose como las mariposas noctívagas a los faroles más atractivos, a los del calor sin quemaduras; los seres del sendero donde andamos marcando rastros sobre sus rastros, el rumor musical de la primera jornada oficial del lugar…

Ayer, La Estación abrió sus puertas ya abiertas hace dos meses. Afuera quedaban esas huellas lumínicas de lluvia y adentro, adentro estaban las ventanas, esas por donde se veían las nubes y las otras. Es que las imágenes de la muestra Foto Quito, de Omar Arregui, son como nuevas ventanas para La Estación. Pasajes hacia la esquina, escabrosos orificios en las paredes de El Vagón por donde asoman unas cuantas bromas quiteñas. Algunas, la mayoría, son con gran ironía cosa seria.
Pero, mientras arriba, en El Vagón de La Estación, los seres se dieron en la tarea de andar despacio, haciendo crujir los largueros del suelo mientras alargaban sus pescuezos para ver por las ventanas de Arregui, abajo, los músicos de Nuages empezaban a tronarse los dedos para empuñar teclados y baquetas, para calzarse las guitarras y desenvainar el jazz gitano que hace seis años sonó en el cuchitril adorado que fue el germen de La Estación. “Esto es como el himno de La Estación”, repitió con emoción el Joso, dueño de la idea y guardián de este sueño.


Había un lleno total. Los cuerpos se abrían camino entre los cuerpos y el aroma a buena guarida para el invierno, ya amalgamado, era parte del espíritu del jazz gitano que desató la banda. Las notas se fugaban en el viento del acordeón del Sven. Atrás, los golpes contra los parches eran el rostro del Pepe y detrás de la guitarra (diríamos, un miembro más ya incorporado a su cuerpo), David Bonilla hacía ademanes de evocar el pasado y celebrar la vida de La Estación, su resurrección.


Luego llegó el Jimmy, tarde. Al hombro el armatoste que es su llamativa tuba. Tras las gafas oscuras que fueron su traje de turno, esas bocanadas de encierro cundieron por el lugar, acomodándose imponentes en cada esquina. Después, al culto se unió el violín del otro David y ya para entonces, el auditorio fue un solo ser, olvidado de la niebla. La niebla que vista desde adentro había ocultado la ciudad, como para ser cómplice, como para convencernos de que anoche no había nada más allá de La Estación.


Largo recital, nunca exagerado. Grato regalo para los presentes. Algún anónimo apagó un par de lámparas para dejar que el momento se tornara más íntimo, como la bella soledad de tanta compañía, como en una tragicomedia. Otro soltó los primeros aplausos al compás de Ojos negros y otras palmas se le juntaron, desde la barra, desde la cocina, desde El Vagón... Hubo baile, brincos y brindis…


Más tarde, luego de los bis, de los besos y del gusto de volver a oír a los Nuages haciendo lo suyo, sin más atavío que sus temas lluchos y harapientos, irreverentes como bailar el jazz, solo entonces, las nubes se levantaron para descubrir a la madrugada en pleno. Esa dama callada, temible a veces, a la que nadie puede decir que no. Esa que se llevó de La Estación a los seres, a las mariposas, hasta encender de nuevo el farolito de la puerta de cada día. Pan de cada noche, cada vez con más ventanas.


(DCB)

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